martes, 10 de marzo de 2009

ANA-1-

Durante el crepúsculo, Ana se sentó a la mesa frente a un té caliente de eucalipto. Prendió los dos veladores y encendió una vela. Le agradaba más iluminar la habitación de esa forma, a su altura, dejando que la oscuridad ascendiese hacia el cielo raso. Un gran espejo cubría la pared que tenía a su derecha. Miró en él el reflejo de su rostro pálido: tenía los ojos cansados, pero embellecidos por el brillo de las lágrimas y esa tarde el cabello se le había acomodado lacio y prolijo como tanto le gustaba.
Qué fácil era dialogar con el espejo (o tal vez no). Porque ¡cómo se entorpecía cuando debía entenderse con aquellos que le importaban!
Así era, por ejemplo, con Mauricio: constantes malentendidos, dichos temerosos, ruegos y comportamientos neuróticos que abrían entre ellos abismos insondables cada vez que se reunían. Sin embargo, excepcionalmente surgían entre ambos brevísimas comuniones; pero fugaces, como esas salidas de sol que interrumpen por segundos, con hermosos arco iris, las tempestades más prolongadas y densas. Vivían juntos tardes interminables en las que se cebaban mates, en medio de incómodos silencios que Ana exhortaba a romper, aunque Mauricio se resistiese y siguiera sentado en la penumbra mirando fijamente la pared, con sus clarísimos ojos cargados de llanto congelado, ciegos ante aquel enfermo presente. Y rememoraba el resto pasado de su vida, su infancia llena de terribles abusos, su adolescencia violenta... lo recordaba todo con gesto de autista y como niño espantado que grita sin sonido (o sin escuchas) y temblaba entre espasmos de incredulidad, llevando el pesado yugo de horror y desamparo de su niñez, todavía después de más de veinte años desde el origen de su desgraciado sino.
Ana tampoco podía creer que treinta años contuviesen todo aquello, y lo acariciaba con tierna piedad y le rogaba:
-Decime qué te pasa, Mauricio. Confiá en mí. Abrazame, por favor.
Y Mauricio lo intentaba, pero sus movimientos resultaban mecánicos y se descubría imposibilitado de demostrar su afecto y su confianza. Y Ana, desde la camita de soltera en la que estaba recostada, lo observaba como a una estrella distante, sabiéndolo dolorosamente inalcanzable. Cayó en la cuenta de que comenzaba a hastiarse de que Mauricio no la mirara a los ojos jamás. El glorioso enamoramiento que había sentido se hallaba pisoteado por todo el maltrato que él le había arrojado últimamente por culpa de su psicosis, esa maldita psicosis. Y ella se había cansado de ir a visitarlo al hospital, entonces Mauricio huía cada tarde e iba a verla al departamento de Concordia, para regresar luego al atardecer y presentarse en la enfermería de la sala como si estuviera volviendo de un simple y cercano paseo por el patio.
En fin, Mauricio pronto partiría hacia el otro lado del río, y el tiempo y la distancia tal vez lo aclararían todo. Pero en aquellos momentos, aquellas tardes, la mortificación de Anita empezaba a ser más poderosa que el amor, y el cansancio mortal, que su abnegada paciencia. Todavía presente, allí, sentado en el borde de la cama, Mauricio parecía ir transformándose en una imagen difusa, en un recuerdo vago y lejano.
Aunque para comunicarse con Javier, "el Principito", Ana no era torpe. Ana y el Príncipe, por entonces, siempre estaban comunicados, desde aquella primera vez en la que conversaron y rieron juntos por teléfono durante casi dos horas. Aún cuando ella estuviere sola con su angustia en un rincón de su cuarto y él, ensimismado e inmerso en un entrevero de papeles de trabajo, y ambos en barrios entre sí distantes, seguían unidos en el pensamiento. Y creían en la compañía humana porque tenían la certeza de que el otro existía en algún lugar del mundo.
Pero con los demás Ana era muy torpe. Toda ella solía ser un conjunto de llantos y conductas patéticas y desesperadas, una maraña de mujer y niña y a veces resentido varón. Solía sentirse así después de los encuentros sexuales... como una mujer recién violada o un recién nacido abandonado al frío y al hambre. Cabellos y piel le vibraban suplicando caricias que no llegaban nunca. Y sí, en su interior gritaba y gemía como una huérfana ultrajada en medio de la vergûenza. Y era eso, socorro, lo que ansiosamente esperaba de sus amantes amados luego de haberles ofrendado sus cariños. Pero parecía no haber nadie entonces a su lado. Siempre el mismo nudo terminaba aprisionando su garganta, y su femineidad herida reclamaba que se le pagara urgentemente con la necesaria ternura. Sus brazos, su cabello, su carita, quedaban carentes del protector afecto que por justicia tenían merecido. Y al fin revolcaba su alma trémula sobre el recuerdo de su primera infancia, acomodándola finalmente en el incondicional cobijo de los brazos de su padre. Entonces sollozaba ruidosamente.

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