Corría un julio más sobre Buenos Aires y una niebla húmeda ocultaba el sol en la ciudad fría. De mañana, los negocios, las oficinas y las escuelas despertaban. Gente normal corría a sus puestos de trabajo. Ancianos paseaban a sus perros y entablaban amistad con las palomas en las barrosas plazas.
Los hospitales parecían despertar también... y las demandas de los enfermos, la soberbia de algunos médicos y la brusquedad de tantos enfermeros (aunque no todos, claro está). Y el tabaco desesperado de los internos psiquiátricos, y su relativa lucidez matutina pronta para ser mitigada con pastillas inevitables, obligatorias, hasta amables, que sumirían a la mayoría en una nublada fatiga que los mantendría en cama, lejos de poder pensar en cómo mejorar la calidad de sus rebeldes existencias.
Era aquella la mañana del día en que Mauricio partiría hacia las cercanías de Montevideo, en su entrañable Uruguay. Se sentía mentalmente sereno y vital... y hasta esperanzado. Afeitó su moreno rostro frente al espejo arruinado del baño de la mugrienta sala de aquel hospital de Flores y se recostó a esperar a su padre, quien por la noche se había hospedado en casa de Ana. Esta muchacha... pensaba... cuánto más bonita estaba últimamente... En ese momento Mauricio estaba relativamente tranquilo y despejado y podía notar cosas simples como esa. Una profunda gratitud por la joven (quien lo había salvado de la muerte, entre otras generosas ayudas) le llenaba incómodamente el corazón. Como varón campesino criado a la antigua, se sabía compelido por todo el sacrificado amparo que aquella mujer débil le había dispensado durante los pocos meses transcurridos desde aquella mañana en el comedor del Famoso Hospital, donde se habían creído enamorados para siempre. Ella lo había cuidado como su madre no lo había hecho jamás y él sentía sobre sí el peso de una enorme deuda. Pero ahora debía marcharse, y era consciente de que la dejaba muy desequilibrada, necesitada y enferma. Aún así, no podía quedarse a retribuirle los cuidados. Tenía que volver a su casa, después de tantos años de dormir en camas de hospitales o convivir con desconocidos, sin visitas ni familia cercana. También dejaba en La Argentina al hijito que tres años atrás había engendrado. Este niño era su sufrimiento más grande, la única pena que podía arrancarle lágrimas de los ojos, como en una triste tarde le había ocurrido en casa de Ana, quien entonces lo supo consolar y abrazar maternalmente. La extrañaría, sí, y bastante... y pensó otra vez en el peso agobiante de la deuda que sentía tener para con ella, su visita, su mujer hacendosa, su paciente Ana.
La mirada de Mauricio cayó sobre la mesa de luz y quedó inmóvil frente al mate, el termo gris, el cajón repleto de regalos y cremas de afeitar, la gaveta llena de ropa limpia y todos los objetos que ella le proveía periódicamente desde que había tenido que internarlo. Y no miró más. Fue hasta las hornallas, calentó agua y huyó al jardín a tomar mate. Estaba huyendo de Ana ya. No podía compensarla por todo aquello. ¿O tal vez sí?, pensó ilusionado. "Algún día, algún día.", se afirmó a sí mismo en voz alta. Y no pensó más. Al menos por algunas horas.
Llegó a casa de Ana por la tarde... Se hicieron intercambio de regalos, ropa, Biblias, buenos deseos y demasiadas promesas y también confesiones. Se encontraron un rato solos en la cocina:
-Perdoname, mi amor... -comenzó Anita llorando- Todo el tiempo en que me maltratabas por culpa de la enfermedad yo me debilité mucho emocionalmente... y me refugié demasiado en Javier... y llegué a pensar que me estaba enamorando de él, o algo así. No sé, perdoname, te quiero, te quiero. Perdoname.-y siguió llorando.
-Quedate tranquila... tranquila. No te preocupes por nada.
Pero Ana lo parecía todo menos tranquila. Se veía eufórica, rayando en la manía, y cantaba y recitaba y reía y besaba a Mauricio arrojándolo contra la cama, todo esto frente a don Mauro, que sonreía divertido. Era una Ana muy descomedida en su comportamiento, como nunca antes, exageradamente afectuosa, incapaz de refrenar su conducta indecorosa y desbordada. Tocaba mucho a Mauricio, como no lo habría hecho frente a nadie si hubiera estado equilibrada. Aunque, por esa vez, a él no le irritaron esas desmesuradas y hasta violentas muestras de cariño físico; aquella tarde era para él un nuevo nacer, un volver a su madre y a su padre con la inevitable y necesaria confianza en que esta vez sí lo cuidarían. En aquel día se sentía contento y entusiasta y también deseaba abrazar, besar, querer. Ah... ahora todo sería diferente... Su madre se redimiría, le daría la protección maternal que había necesitado desesperadamente desde que era un niño. Y quizás (intentaba creer con ciego optimismo) no fuese demasiado tarde. El perdón y una nueva oportunidad otorgados por un hijo no eran cosas que una mujer madura pudiera permitirse desaprovechar: eran indulgencias inapreciables.
Seguro, sí, seguramente se recuperaría en su tierra, en el seno de su familia arrepentida. Y regresaría... de alguna forma saldaría su deuda con Anita; la llevaría a visitar la playa oriental, le forjaría bellas rejas para su ventana... y volvería a su pequeño Jonás como padre rebosante de salud y de regalos.
Se dio con Ana un fuerte abrazo cuando cargó sus bolsos en el remis que lo trasladaría a la terminal de Retiro. Ella saludó a su suegro mientras éste se ubicaba en el auto. Mauricio acabó de cargar el baúl y se sentó en el asiento trasero. Cerró la puerta y, a través del vidrio, miró a los ojos a Ana... a los ojos...
Y ella vio despedirse aquella mirada glacial de Mauricio, enmarcada en su abrigo oscuro, la penumbra del interior del auto y la densa negrura de esa noche fatídica. Y partió Mauricio. Ella lloró sólo durante unos segundos y corrió hacia su casa, nuevamente solitaria y vacía. Corrió, corrió, y seguiría corriendo durante un tiempo por un laberinto riesgoso y desaforado. El mes que había pasado junto a la psicosis de Mauricio en el hospital de Flores le había costado la estabilidad mental por la que tanto había luchado. Y la presión y la angustia soportados durante esas semanas nefastas de humillantes desprecios la fatigaron tanto y le hostigaron tan constantemente el débil cerebro, que terminaron catapultándola al más grave de sus desenfrenos, por lo que su amigo, el Príncipe, comenzó a alarmarse y a visitarla con más regularidad que nunca, para cuidarla cuanto pudiera.
martes, 10 de marzo de 2009
ANA-1-
Durante el crepúsculo, Ana se sentó a la mesa frente a un té caliente de eucalipto. Prendió los dos veladores y encendió una vela. Le agradaba más iluminar la habitación de esa forma, a su altura, dejando que la oscuridad ascendiese hacia el cielo raso. Un gran espejo cubría la pared que tenía a su derecha. Miró en él el reflejo de su rostro pálido: tenía los ojos cansados, pero embellecidos por el brillo de las lágrimas y esa tarde el cabello se le había acomodado lacio y prolijo como tanto le gustaba.
Qué fácil era dialogar con el espejo (o tal vez no). Porque ¡cómo se entorpecía cuando debía entenderse con aquellos que le importaban!
Así era, por ejemplo, con Mauricio: constantes malentendidos, dichos temerosos, ruegos y comportamientos neuróticos que abrían entre ellos abismos insondables cada vez que se reunían. Sin embargo, excepcionalmente surgían entre ambos brevísimas comuniones; pero fugaces, como esas salidas de sol que interrumpen por segundos, con hermosos arco iris, las tempestades más prolongadas y densas. Vivían juntos tardes interminables en las que se cebaban mates, en medio de incómodos silencios que Ana exhortaba a romper, aunque Mauricio se resistiese y siguiera sentado en la penumbra mirando fijamente la pared, con sus clarísimos ojos cargados de llanto congelado, ciegos ante aquel enfermo presente. Y rememoraba el resto pasado de su vida, su infancia llena de terribles abusos, su adolescencia violenta... lo recordaba todo con gesto de autista y como niño espantado que grita sin sonido (o sin escuchas) y temblaba entre espasmos de incredulidad, llevando el pesado yugo de horror y desamparo de su niñez, todavía después de más de veinte años desde el origen de su desgraciado sino.
Ana tampoco podía creer que treinta años contuviesen todo aquello, y lo acariciaba con tierna piedad y le rogaba:
-Decime qué te pasa, Mauricio. Confiá en mí. Abrazame, por favor.
Y Mauricio lo intentaba, pero sus movimientos resultaban mecánicos y se descubría imposibilitado de demostrar su afecto y su confianza. Y Ana, desde la camita de soltera en la que estaba recostada, lo observaba como a una estrella distante, sabiéndolo dolorosamente inalcanzable. Cayó en la cuenta de que comenzaba a hastiarse de que Mauricio no la mirara a los ojos jamás. El glorioso enamoramiento que había sentido se hallaba pisoteado por todo el maltrato que él le había arrojado últimamente por culpa de su psicosis, esa maldita psicosis. Y ella se había cansado de ir a visitarlo al hospital, entonces Mauricio huía cada tarde e iba a verla al departamento de Concordia, para regresar luego al atardecer y presentarse en la enfermería de la sala como si estuviera volviendo de un simple y cercano paseo por el patio.
En fin, Mauricio pronto partiría hacia el otro lado del río, y el tiempo y la distancia tal vez lo aclararían todo. Pero en aquellos momentos, aquellas tardes, la mortificación de Anita empezaba a ser más poderosa que el amor, y el cansancio mortal, que su abnegada paciencia. Todavía presente, allí, sentado en el borde de la cama, Mauricio parecía ir transformándose en una imagen difusa, en un recuerdo vago y lejano.
Aunque para comunicarse con Javier, "el Principito", Ana no era torpe. Ana y el Príncipe, por entonces, siempre estaban comunicados, desde aquella primera vez en la que conversaron y rieron juntos por teléfono durante casi dos horas. Aún cuando ella estuviere sola con su angustia en un rincón de su cuarto y él, ensimismado e inmerso en un entrevero de papeles de trabajo, y ambos en barrios entre sí distantes, seguían unidos en el pensamiento. Y creían en la compañía humana porque tenían la certeza de que el otro existía en algún lugar del mundo.
Pero con los demás Ana era muy torpe. Toda ella solía ser un conjunto de llantos y conductas patéticas y desesperadas, una maraña de mujer y niña y a veces resentido varón. Solía sentirse así después de los encuentros sexuales... como una mujer recién violada o un recién nacido abandonado al frío y al hambre. Cabellos y piel le vibraban suplicando caricias que no llegaban nunca. Y sí, en su interior gritaba y gemía como una huérfana ultrajada en medio de la vergûenza. Y era eso, socorro, lo que ansiosamente esperaba de sus amantes amados luego de haberles ofrendado sus cariños. Pero parecía no haber nadie entonces a su lado. Siempre el mismo nudo terminaba aprisionando su garganta, y su femineidad herida reclamaba que se le pagara urgentemente con la necesaria ternura. Sus brazos, su cabello, su carita, quedaban carentes del protector afecto que por justicia tenían merecido. Y al fin revolcaba su alma trémula sobre el recuerdo de su primera infancia, acomodándola finalmente en el incondicional cobijo de los brazos de su padre. Entonces sollozaba ruidosamente.
Qué fácil era dialogar con el espejo (o tal vez no). Porque ¡cómo se entorpecía cuando debía entenderse con aquellos que le importaban!
Así era, por ejemplo, con Mauricio: constantes malentendidos, dichos temerosos, ruegos y comportamientos neuróticos que abrían entre ellos abismos insondables cada vez que se reunían. Sin embargo, excepcionalmente surgían entre ambos brevísimas comuniones; pero fugaces, como esas salidas de sol que interrumpen por segundos, con hermosos arco iris, las tempestades más prolongadas y densas. Vivían juntos tardes interminables en las que se cebaban mates, en medio de incómodos silencios que Ana exhortaba a romper, aunque Mauricio se resistiese y siguiera sentado en la penumbra mirando fijamente la pared, con sus clarísimos ojos cargados de llanto congelado, ciegos ante aquel enfermo presente. Y rememoraba el resto pasado de su vida, su infancia llena de terribles abusos, su adolescencia violenta... lo recordaba todo con gesto de autista y como niño espantado que grita sin sonido (o sin escuchas) y temblaba entre espasmos de incredulidad, llevando el pesado yugo de horror y desamparo de su niñez, todavía después de más de veinte años desde el origen de su desgraciado sino.
Ana tampoco podía creer que treinta años contuviesen todo aquello, y lo acariciaba con tierna piedad y le rogaba:
-Decime qué te pasa, Mauricio. Confiá en mí. Abrazame, por favor.
Y Mauricio lo intentaba, pero sus movimientos resultaban mecánicos y se descubría imposibilitado de demostrar su afecto y su confianza. Y Ana, desde la camita de soltera en la que estaba recostada, lo observaba como a una estrella distante, sabiéndolo dolorosamente inalcanzable. Cayó en la cuenta de que comenzaba a hastiarse de que Mauricio no la mirara a los ojos jamás. El glorioso enamoramiento que había sentido se hallaba pisoteado por todo el maltrato que él le había arrojado últimamente por culpa de su psicosis, esa maldita psicosis. Y ella se había cansado de ir a visitarlo al hospital, entonces Mauricio huía cada tarde e iba a verla al departamento de Concordia, para regresar luego al atardecer y presentarse en la enfermería de la sala como si estuviera volviendo de un simple y cercano paseo por el patio.
En fin, Mauricio pronto partiría hacia el otro lado del río, y el tiempo y la distancia tal vez lo aclararían todo. Pero en aquellos momentos, aquellas tardes, la mortificación de Anita empezaba a ser más poderosa que el amor, y el cansancio mortal, que su abnegada paciencia. Todavía presente, allí, sentado en el borde de la cama, Mauricio parecía ir transformándose en una imagen difusa, en un recuerdo vago y lejano.
Aunque para comunicarse con Javier, "el Principito", Ana no era torpe. Ana y el Príncipe, por entonces, siempre estaban comunicados, desde aquella primera vez en la que conversaron y rieron juntos por teléfono durante casi dos horas. Aún cuando ella estuviere sola con su angustia en un rincón de su cuarto y él, ensimismado e inmerso en un entrevero de papeles de trabajo, y ambos en barrios entre sí distantes, seguían unidos en el pensamiento. Y creían en la compañía humana porque tenían la certeza de que el otro existía en algún lugar del mundo.
Pero con los demás Ana era muy torpe. Toda ella solía ser un conjunto de llantos y conductas patéticas y desesperadas, una maraña de mujer y niña y a veces resentido varón. Solía sentirse así después de los encuentros sexuales... como una mujer recién violada o un recién nacido abandonado al frío y al hambre. Cabellos y piel le vibraban suplicando caricias que no llegaban nunca. Y sí, en su interior gritaba y gemía como una huérfana ultrajada en medio de la vergûenza. Y era eso, socorro, lo que ansiosamente esperaba de sus amantes amados luego de haberles ofrendado sus cariños. Pero parecía no haber nadie entonces a su lado. Siempre el mismo nudo terminaba aprisionando su garganta, y su femineidad herida reclamaba que se le pagara urgentemente con la necesaria ternura. Sus brazos, su cabello, su carita, quedaban carentes del protector afecto que por justicia tenían merecido. Y al fin revolcaba su alma trémula sobre el recuerdo de su primera infancia, acomodándola finalmente en el incondicional cobijo de los brazos de su padre. Entonces sollozaba ruidosamente.
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